
Gonzalo Fiore Viani viajó con un poco de aprehensión: Rusia, un país con un gobierno autoritario, un país en guerra… pero se encontró con algo distinto. Algo que lo sorprendió y lo fascinó, y eso está en cada línea de estas impresiones. La crónica de viaje impresionista es una delicia, porque no tiene pretensiones, pero es muy ambiciosa: tiene esa lucidez del primer encuentro, cuando creemos entenderlo todo, irrepetible en una segunda visita. Para esto existen las crónicas de viaje: para que el adelantado, el que llega antes, vuelva con impresiones que maravillan y chocan, con más preguntas, con incógnitas para la próxima excursión.
MARIANA ENRIQUEZ
Rusia siempre ha sido un objeto apetecible para la mirada del cronista; desde antiguo los escritores e intelectuales eslavos han intentado fijar el retrato escrito de su tierra y de sus gentes (las Crónicas del Rus de Kiev se sistematizaron en la Edad Media; la más antigua de ellas, la Crónica de Néstor, data del año 850); pero también esos retratos nacionales se han confrontado, desde muy temprano, con la visión distinta del extranjero que eligió pasar por ella: algunos fueron aceptados, interpretados, analizados; y a otros se los ha puesto en cuestión. En esa larga tradición se enmarcan estas notas de diario de viaje que Gonzalo Fiore Viani compila aquí: trazos rápidos, tomados al calor del andar cotidiano por Moscú y San Petesburgo, con la frescura del académico joven que pone frente a frente la formación teórica con la realidad cotidiana, y se sorprende. Y se maravilla. Y se lamenta también, porque toda realidad es compleja, plural y enmarañada. En estos días de cambio global, con Rusia acelerando para jugar un nuevo liderazgo, esta mirada y estas notas de primera mano se transforman -más allá del gozoso placer de su lectura- en un insumo importante para completar la imagen que se quiere imponer del gigante eslavo.
NELSON SPECCHIA